Tal día como ayer, 21 de junio de 1966, fue asesinado nuestro querido y respetado compañero Fabricio Ojeda, mi solidaridad para su familia, especialmente para sus hijas e hijos. Él fue un respetado líder para todas y todos nosotras y nosotros. Fue un golpe en el alma, en el corazón y en nuestros más profundos sentimientos de amor y camaradería.
Fabricio creía sinceramente en el camino de las guerrillas, de la lucha armada. Tomó su fusil, renunció a la cámara de diputados y su pecho abierto quedó franco para cubrirlo con el fuego del combate, el sudor de las marchas y la correa de un fusil terciado o para las flores de la solidaridad o del velorio, pues los guerrilleros siempre andamos preparados para todas las opciones.
El Gobierno de Leoni trató de encubrir el asesinato con la versión del suicidio. Que nadie creyó. La vida de un guerrillero está en el corazón de los pueblos, por eso, entre otras razones, un guerrillero no se suicida. Menos quien cuando renunció a la cámara de diputados escribió lo siguiente:
“No hacemos las armas contra el Ejército, las hacemos contra quienes sirven a los monopolios extranjeros causantes de nuestra pobreza; hacemos la guerra contra los asesinos de estudiantes, de obreros, de campesinos; hacemos la guerra contra los que roban y comercian a nombre de una democracia falsa; hacemos la guerra contra los que siembran el hambre, la angustia y el dolor en la familia venezolana; hacemos la guerra contra una vida de corrupción, de odios y de intrigas; en fin, hacemos la guerra para que la aurora de la libertad y la justicia resplandezcan en el horizonte de la patria».
Este fue un sagrado juramento que Fabricio jamás hubiera traicionado. No tengo duda alguna, ni la tiene ninguno de los que lo conocimos. Y mucho menos el pueblo que creyó en él. El gobierno, jalamecate y sumiso, simplemente aplicó un viejo manual de la CIA cuya recomendación es que a los “subversivos” no hay que enterrarlos como héroes, primero hay que degradarlos todo lo que se pueda. Pero no les funcionó. El honor de Fabricio está intacto. Un día marchamos y el pueblo te llevó en hombros hasta el Panteón Nacional. Ahí estás, con todos los honores. Tú serás como la campana cuyo sonido nos acompaña, nos alerta y anima. ¡Viva Fabricio Ojeda!