El reformateo de las negociaciones: de cambiar «al» sistema a mejorar «el» sistema

 Antes de las elecciones regionales de noviembre de 2021, en las entrevistas a medios, una pregunta era sobre México y la posibilidad de ampliar a los integrantes de la mesa. Mi respuesta fue no. La razón de mi negativa era práctica y política. La práctica es que una mesa con muchos actores haría más complicado llegar a acuerdos y se corría el riesgo de ser una negociación solo “de agravios”. Cada grupo iría con su lista para ver qué obtiene del gobierno. Un toma y dame.

Por: Espectador de Caracas con información de El Cooperante

La razón política, porque el 13 de agosto de 2021 las dos partes -el gobierno y la plataforma unitaria- firmaron un memo en donde se reconocieron como actores políticos. Son las partes legitimadas para negociar. 

El problema venezolano es que mientras el gobierno y la oposición no definan unas reglas para coexistir dado que no se pueden eliminar, lo demás no fluirá completamente bien. Podremos tener una relativa mejoría económica, pero limitada. El fondo del problema es político y es el siguiente: reglas para convivir y reconocimiento. Eso solo lo pueden discutir el gobierno y la oposición política. Que hay que escuchar a la sociedad, claro. El memo del 13 de agosto lo contempla, pero es una negociación a dos. En este punto soy conservador, y esas fueron mis respuestas a los medios en noviembre de 2021. Por supuesto, en ese entonces, había opiniones que planteaban que los interlocutores en México no tenían la legitimidad para hablar por toda Venezuela.

En sencillo, el problema de fondo venezolano tiene dos caminos. El primero –donde creo que está la mayoría de la oposición- consiste en esperar por el “quiebre en la coalición dominante”, mientras se “construye la presión interna” para que opere “la presión externa”. En el intermedio, se juega a “resistir”, a que no se “convive” con el “régimen” cómodamente desde las “burbujas digitales”, y a llevar buenas vidas potenciadas por la dolarización de Maduro.

El segundo camino –me ubico aquí- es reconocer lo que es evidente desde 2016: ni el gobierno ni la oposición pueden anularse. No se trata de una “equiparación moral” sino de una realidad política. Como no es posible destruirse –al menos hasta marzo de 2022- salvo que los grupos quieran dejar un conflicto sin solución en el tiempo –que es posible y pasa- lo que procede es definir reglas para reconocerse y poner en la población la decisión de cuál gobierno quiere, con un “terreno electoral nivelado” como plantean los EUA.

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